Francisco Gómez, presidente del Consorcio Valencia Interior, reflexiona sobre la importancia de la reutilización y la recuperación de materiales para avanzar hacia un modelo de gestión más sostenible.

Vivimos en una sociedad acostumbrada a sustituir. Cuando algo se rompe, envejece o deja de servirnos, lo apartamos y buscamos algo nuevo. Lo hacemos con muebles, con electrodomésticos, con colchones y con muchos objetos de casa que forman parte de nuestra vida cotidiana. Durante años hemos asumido que ese era el final natural de las cosas. Sin embargo, el gran reto ambiental de nuestro tiempo nos obliga a hacernos una pregunta diferente: ¿y si todavía tuvieran valor?

Con motivo del Día Mundial del Medio Ambiente, merece la pena reflexionar precisamente sobre eso. Sobre nuestra capacidad para mirar nuestra basura de otra manera. Porque la economía circular no consiste únicamente en separar o reciclar más. Tampoco consiste solo en gestionar mejor. El verdadero cambio llega cuando somos capaces de evitar que algo se convierta en residuo.

Esa es la filosofía que inspira una de las inversiones más importantes que está desarrollando actualmente el Consorcio Valencia Interior: las nuevas naves de tratamiento de colchones y residuos voluminosos de la Planta de Llíria. Una infraestructura concebida no solo para tratar residuos, sino para recuperar materiales, reparar objetos y avanzar decididamente hacia la preparación para la reutilización. Una idea sencilla pero transformadora: antes de destruir, hay que intentar aprovechar.

En los hogares del consorcio generamos cada año cerca de 12.000 toneladas de residuos voluminosos. Muebles, colchones, enseres y otros objetos que, en muchas ocasiones, todavía contienen materiales valiosos o incluso pueden volver a utilizarse después de una adecuada reparación o acondicionamiento. Hasta hace relativamente poco, gran parte de estos residuos terminaban teniendo como destino final el vertedero. Hoy sabemos que ese modelo ya no tiene sentido ni desde el punto de vista ambiental ni desde el económico.

Las nuevas instalaciones de Llíria representan precisamente un cambio de paradigma. Supone pasar de una cultura del descarte a una cultura de la recuperación. Supone entender que los recursos son limitados y que cada tonelada que evitamos al vertedero es una oportunidad que aprovechamos para reducir emisiones, ahorrar materias primas y proteger nuestro entorno.

Especialmente significativa será la nueva nave destinada al tratamiento de colchones. Puede parecer un residuo menor, pero no lo es. Cada colchón contiene materiales que pueden recuperarse y reincorporarse a nuevos procesos productivos. Su gestión adecuada permite separar espumas, textiles, metales y otros componentes que durante años se perdían definitivamente. Lo que antes era un problema se convierte ahora en un recurso.

Este proyecto encaja plenamente con la visión que Europa está impulsando para los próximos años. Una economía donde los materiales permanezcan el máximo tiempo posible dentro del ciclo productivo y donde la reutilización deje de ser una excepción para convertirse en una práctica habitual.

Pero para alcanzar ese objetivo no bastan las infraestructuras. También necesitamos una transformación cultural. Necesitamos recuperar el valor de las cosas. Entender que un mueble no pierde toda su utilidad porque tenga un desperfecto, que muchos objetos pueden repararse y que cada producto que prolonga su vida útil evita la extracción de nuevos recursos naturales.

Por eso, cuando hablamos de medio ambiente, no estamos hablando únicamente de contenedores, plantas de tratamiento o tecnología o espacios naturales. Estamos hablando de responsabilidad. De cómo producimos, de cómo consumimos y de cómo decidimos gestionar aquello que ya no utilizamos.

El Día Mundial del Medio Ambiente debería servirnos para recordar que la sostenibilidad consiste en hacer las cosas cada vez mejor. En aprovechar más, desperdiciar menos y entender que el futuro pasa por dar nuevas oportunidades a los recursos que ya tenemos.

Porque quizá el verdadero desafío ambiental de nuestro tiempo no sea aprender a tirar mejor. Quizá sea aprender a valorar mejor todo aquello que todavía puede seguir siendo útil. Porque el verdadero valor de las cosas no termina cuando dejamos de utilizarlas.